Emigrando hacia la Soledad
Por la colina de San Antonio caminaba cada
sábado, a eso de las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, una mujer de
cabello negro y cintura redonda. Tenía aproximadamente unos cuarenta y cuatro
años, los cuales se reflejaban ya en las manchas que transfiguraban la piel
mestiza de sus brazos, y en las patas de gallo que no se borraban más cuando la
vida la obligaba a poner el rostro serio. Aquella mujer vagaba lentamente,
tratando de marcar un paso acorde al del
pálido viejecillo que se colgaba bruscamente de su brazo, mientras éste
clavaba su mirada en las escandalosas vestimentas de las nuevas y bastardas
juventudes, a las cuales envidiaba silenciosamente.
El hombre era un carcamal octogenario de un metro con sesenta y
seis -un poco bajo para haber sido un sargento,
pensaba la mujer-. Tenía unos pocos
cabellos color ceniza, los cuales peinaba casi vulgarmente de manera que
cubrieran su gran calva, y que se sacudían intermitentemente al ser empujados
por el viento que bajaba con potencia desde las grandes montañas occidentales,
y el vestuario que abrigaba su demacrado
cuerpecito era cada sábado, religiosamente, una papayera beige, un pantalón
color caqui, y unos zapatos deportivos azules que no combinaban para nada con
el ya desatinado atuendo. Total, como a casi todo viejo, a éste ya no le
preocupaba un carajo su apariencia. Para ellos a esa edad las miradas
coquetas y las sonrisas insinuantes se
han acabado para siempre.
Inés era una inmigrante tardía.
Nunca había salido -tampoco había
considerado hacerlo en algún momento anterior de su vida- de su ciudad
natal. Había llevado una vida
cómoda, hasta el día en que su esposo
desapareció. Nunca se supo si fue
secuestrado, pues muchos aseguraron que desapareció sin más, pero Inés tuvo la
certeza de que fueron ellos, los bastardos de ultraizquierda que tanto había amonestado
su esposo, los que lo habían erradicado por enseñar con orgullo patrio su
uniforme. La soledad no se hizo esperar, e Inés tuvo que repensar su estadía en
Tulcán, porque en cada espacio, en cada calle, veía a su marido. Al Sur, hacia
los bastardos, cabe decir, no quería ir. Como no tuvo hijos y sus padres habían
muerto a temprana edad, se vio encaramada en un transnacional en total solitud.
Se llevó consigo muy poco dinero, pues su esposo nunca fue partidario de
confiar el patrimonio a los bancos y escondía por ello el dinero en un lugar secreto del cual ella nunca siquiera
sospechó. Al llegar a Cali, la primera
gran urbe del Norte, previno
comodidad y trabajo en su frescura
crepuscular y decidió radicarse allí. Quizás su percepción hubiese sido otra si
hubiera llegado al sol de mediodía.
En la búsqueda de un apartamento
para arrendar dio con el Coronel. Un hombre ya muy poco lúcido pero muy noble.
No hubo mucho qué decir entre ambos, pues su armonía fue tal que a los diez
minutos de Inés entrar al despacho polvoriento del anciano ya tenía la pluma de
su difunto esposo sobre el papel de contrato de arriendo. Al parecer el Coronel
sintió la necesidad de proteger a Inés, al verla abandonada a su suerte en
lejanías y castigada por la vida; o
quizás vio en ella la hija perdida, de la cual Inés supo por su boca algún
tiempo después. Igualmente Inés sintió amor paternal hacia el vejete al ver el chaleco lleno de
medallitas que ya no brillaban sobre el perchero mientras era entrevistada.
Quizás sólo se puede amar a quienes nos reflejan algo nuestro. Quizás sólo nos
amamos a nosotros mismos, dubitaba en su mente Inés constantemente.
Al llegar al parque en el que
culminaba la caminata semanal, Inés y el Coronel se sentaron en una banca que
ofrecía una panorámica perfecta sobre el
cuerpo de la ciudad. – Un buen punto estratégico para un cuartel, por si
llega a haber una guerra- le dijo el viejito a Inés, quien le respondió
pragmáticamente con una carcajada. A lo lejos se veía la caótica ciudad, como
inundada por un río de luces que recorrían los canales de pavimento. Cuando
ambos agotaron los tópicos que habían acumulado durante la semana para
discutir, concentraron sus miradas en una familia que yacía sentada sobre una
manta rosa con un opíparo picnic. Inés bajó sus labios y sus pestañas se
movieron más rápido de lo usual; el anciano se sintió incómodo y se tuvo que
reacomodar en su puesto, para luego mirar a las estrellas buscando algo más
esperanzador. Luego se entregaron a la contemplación de la vida por un buen
rato.
El Coronel miraba distraído a los niños que
jugaban en los alrededores, e Inés,
sentada y con sus manos cruzadas, como orando, recostó su cabeza hacia atrás, y
en una ráfaga de tiempo perdió el conocimiento. Durmió de nuevo en Tulcán,
junto a su amado, por quince minutos que pudieron haber sido más de no ser por
la mujer que la despertó para ofrecerle chicles, cigarrillos, gomitas, y otras
idioteces innecesarias. Estaba tan dormida que no vio el rostro de ésta. Lo que
sí vio fue el espacio vacío que le informaba de la ausencia del octogenario.
-El Alzheimer del vejete- Dijo con voz turbia Inés. Con rapidez se irguió de la
silla y giró su cabeza en aras de encontrar en medio de la muchedumbre a un
viejo escuálido y desorientado. Nada. No se divisaba en ninguna parte al coronel. Inés tuvo un
súbito relámpago emocional que comprimió sus costillas. Se sentó de nuevo en la
banca: se sentía mareada, desorientada, sola. Luego se encontró corriendo de un
lugar a otro, preguntándole a algún hippie o a alguna pareja de novios sobre el
avistamiento de un anciano decrépito, pero en vez de ayudarle, todos parecían
deshacerse de ella con temor y fastidio. Inés caminó por horas
circundando el parque, incluso se trepó
a un árbol con la esperanza de ver mejor, pero no lo lograba; nunca había
podido ver más de lo que le permitían sus obtusos ojos. Fatigada y ofuscada por
el paradero de su compañero, se sentó en un pequeño mural de piedras grises que
rodeaba el parque y que daba contra el ventanal de una casa. Allí se vio
reflejada, con lágrimas humedeciéndole el cabello que le rozaba sus
mejillas; sus manos temblorosas,
tatuadas con venas rugosas; los labios descoloridos por la falta de amor, y
todo su cuerpo estremecido por la realización de la soledad total. Inés se vio
allí, y en un momento espectacular y
único su cerebro trabajó de tal manera que le permitió visualizar la
inexistencia del anciano, y la verdad irrevocable de su enfermedad. El Alzheimer nunca la había
abandonado. Sonrió y escuchó a un grupo de jóvenes pasar a su lado y murmurar:
-¡Pobre! Está loca la viejita-
Miró de nuevo al ventanal y vio
al Coronel a su lado. Después de regañarlo por sus jugarretas infantiles lo
tomó del brazo y, olvidándolo todo, se fue con él a casa.
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