Aforismos
de quinientos pesos
Ayer me encontré con el loco de Ramón mientras caminaba por ahí, que es lo que hago habitualmente. Estaba él recogiendo unos cartones para
reciclarlos y ganarse unos cuantos pesos para su dosis matutina de bazuco. Ha
cambiado mucho en estos últimos dos años, pues parece que finalmente perdió el
último vestigio de humanidad que le quedaba, y sólo vive para fumar, o mejor,
fuma para vivir. Me preguntó que cuales eran mis asuntos, a lo que le respondí
que ahora me dedicaba a vender poemas y
frases; me dijo que siempre sería el
mismo idiota, que el verdadero negocio estaba en la recolección de cartones. Lo
ignoré y decidí preguntarle por su familia; me dijo que desde que se inició en
el bazuco se había vuelto tan fuerte
que no necesitaba ya de nadie. Hacía entonces dos años y medio no los veía,
pensé. Me habló de otras cosas a las que no les presté atención, y tras cinco
minutos lo abandoné, no sin antes haberlo invitado a comer pan con gaseosa, a
lo cual respondió que prefería el dinero, que con el bazuco le bastaría para no
comer por tres días. Qué bueno verte bien hermano, le dije despidiéndome con
esa frase - falsa de principio a fin- y proseguí mi ruta.
Tras un buen tramo
recorrido vi un espacio vacío en medio de una calle algo concurrida y de
apariencia segura y decidí plantarme allí. Era la pared de un gris edificio de
oficinas de unos cinco pisos que, dada la ruta del sol, ofrecería una sombra
maternal hasta el anochecer. Abrí mi bolso y de mi carpeta de cuero negro
extraje mi libro de poemas y aforismos. Acto seguido transcribí algunos en unos
cuantos papelitos de colores llamativos y con cinta los adherí a la parca
pared. Luego encendí la pequeña radio que
cargo siempre conmigo y sintonicé una emisora de música clásica, para darle un
poco más de estatus a mi local literario. Los lunes son días muy lentos para mi
negocio, y éste no fue la excepción. Algunos cuantos se detuvieron a leer mis
textos, pero no compraron nada. A éstos son a los que más odio, porque son como
ladrones. Vienen, se llevan el contenido de mis líneas en su cabeza, y no pagan
un centavo por ello. Algunos, más descarados, me dicen que escribo cosas muy
bonitas, como si eso me llenara la barriga.
Otra cosa que odio de algunos de estos canallas es que son ignaros y me
otorgan la autoría de las frases y de los poemas. Es cierto que algunos son míos,
pero la mayoría proceden de las grandes mentes de la historia: aquellos que han
extraído la médula de la existencia y han convertido el caos en el más noble
arte, o la impotencia animal en ciencias irreales; yo sólo aspiro a ser el predicador de su
sabiduría legendaria en esta ciudad sin alma ni memoria. Es por ello que no
escribo mucho para otros; total, yo soy
sólo un extraviado, ¿qué podría saber?
Luego de algunas horas de aburrimiento emprendí mi camino de nuevo. Aquí no se vende nada; nunca volveré a este hueco de mierda, dije. Caía ya la tarde y no sabía si era prudente continuar o dar por terminada la jornada. Decidí resolver la situación de la única manera que conozco: caminando hacia ninguna parte. Porque caminando es como me volví poeta. Caminando me fui de casa el día en el que papá quiso hacerme menos hombre con puños y patadas. Troté dos oníricos meses por misteriosas carreteras que conducían únicamente a la misma naturaleza, y así reafirmé mi fortaleza y hombría, al sobrevivir por mi cuenta en la mitad de la nada salvaje. Caminé cuando quise ser un académico y fracasé monumentalmente en esa empresa. Caminé aquella vez por todo el continente, conociendo multitudes y parajes, para darme cuenta que, algunas cuantas veces, que no son muy pocas, hay más sabiduría en una selva virgen que en una universidad. Caminé cuando abandoné a mi mujer y me entregué a la sexualidad gitana, dando lo mejor de mí a todas, sin unirme a ninguna. He caminado mucho, pero aún no me he cansado. Porque caminar es lo único que sé hacer para mantenerme vivo. Tras haber recorrido avenidas, parques, barrios y caseríos, mis pies decidieron finalmente retornar al núcleo de la ciudad y plantarme en el maldito hueco del que había salido anteriormente. De nuevo los papelitos de colores adornando la pared gris.
Miraba atento y lleno
de nostalgia a las bandadas de aves que volaban hacia destino lejano; me llenó
de tristeza recordar que llevo ya tres años en esta ciudad, completamente
estacionario. Mientras meditaba sobre ello, un hombre canoso, que probablemente
rondaba los sesenta años, se aproximó y empezó a leer mis notas. No le presté
mucha atención, pues supuse que era otro palurdo más, atraído por lo llamativo
de los colores de los papelitos, como los bichos de la noche son atraídos por
las luces cegadoras. Pasaron algunos
minutos y el tipo seguía allí, parado sin pronunciar palabra alguna, lo cual sí
que me llamó la atención. Me levanté de mi modorra y le pregunté si gustaba de
alguna frase en especial, a lo cual no respondió, sino que extendió su brazo y
tomó un fragmento de Thoureau, mi poeta favorito, y me lo enseñó. Éste decía:
"Fui a los bosques porque quería vivir
deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si no
podía aprender lo que ella tenía que enseñar; no fuese que cuando llegara la
muerte, descubriese que no había vivido."
Le dije que tenía un gusto excelente. Me miró con atención a mí, a mis
ropas, y luego a mi tienda, que no era más que un trapo purpura de dos metros
extendido en el suelo con algunas artesanías sobre él, y la radio, en la que
sonaba una pieza de un tal Ravel, anunciado así por el locutor. Su música me
causó singular interés y por eso me aprendí su nombre, algo que nunca hago
debido a la enorme cantidad de compositores y a mi inexorable pereza. Era una
pieza hermosa que repetía sin cesar una melodía, a la que se le añadían cada
vez más instrumentos en cada ciclo. Diría que su belleza radicaba en el cuidado
maternal que se le daba a dicha melodía, dejándola desarrollarse y cobrar
fuerza. Se tomaba el tiempo necesario para construir algo enorme y majestuoso a
partir de un inicio más bien tímido. Imágenes de la verde naturaleza abriéndose
camino en el moribundo frío invernal de la estepa chilena llegaron a mi mente.
Me preguntó por el valor del fragmento y le respondí que valía quinientos
pesos; miró la frase como con tristeza, y luego me miró a mí de nuevo, con ojos
perspicaces y completamente lúcidos. Me extendió la moneda y me solicitó le
dijera qué experimentaba yo al leer este fragmento. Le dije que pensaba que se refería
a cómo quedarse estático es la peor forma de morir, y cuán fácil es perderse en
una multitud; incluso más fácil que perderse en un bosque lejano. Como noté
que no me comprendía muy bien, porque si de algo peco constantemente es de no
saberme expresar, le expliqué que era sobremanera fácil distraerse en compañía
de otros de las cosas verdaderamente importantes, y que por eso algunos
peregrinamos para buscar qué es lo verdaderamente esencial y no lo que se dice que es esencial
aquí hoy, o ayer; no, sólo lo vital. En fin, era por eso que había decidido yo
errar toda mi vida, para experimentar el mundo desde las perspectivas más
variopintas y seguir los dictámenes de la madre tierra, nuestra verdadera reina.
Así es, para mí, como se conoce qué es la vida, le expliqué. Tras mi
intervención, su único gesto fue una sonrisa; pero no una burlesca, sino una
llena de simpatía y comprensión. Me dijo que eran palabras muy bellas, pero que
me cuidara, que no todo lo bello era real. Guardé silencio. Luego, con su voz
pausada y grave leyó el fragmento, haciendo énfasis en la última parte de éste.
Luego me miró, y sentí que me preguntaba algo con sus ojos, y sin más se volteó
y prosiguió su camino.
Era ya de noche y sabía que no vendería nada más. Recogí mi mercancía y
caminé hacia el restaurante de doña Pepita, quien me da comida a precios
realmente módicos. ¡Cuán amable es doña Pepita! Es la mujer más bondadosa y
maternal que he conocido en todo el vasto continente. Cuando llegué por primera
vez la vi sentada en una butaca rodeada por tres personas, que pese a ser
adultas, le brindaban la atención de un infante a su padre o madre cuando éste
o ésta les narra una epopeya antigua o una leyenda fantasmagórica. Ella sólo
explicaba a sus nuevos cocineros cómo evitar que se quemara el arroz de nuevo,
pero lo hacía con tanto esmero y empatía que ellos parecían sentir sus palabras
como halagos. Otras veces la he visto asumir el rol de matrona, dirigiendo a extraños y a propios con tanta
sutileza y amabilidad que logra movilizar incluso a los más apáticos adoquines
a hacer tareas que claramente exceden sus capacidades. Nunca, en estos tres
largos años, la he visto molesta, cabe decirlo. El menú era sopa y arroz con
pollo. Como en esta ocasión, en otras he pensado que doña Pepita es tan buena
persona simplemente porque quiere compensar de alguna forma su poca aptitud
culinaria. Hoy no tardé mucho en el restaurante, así que luego de abrazar a
doña Pepita agradeciéndole por “tan suculento platillo” me lancé a la calle de
nuevo. Allí, abordé un colectivo que me transportó por tan sólo veinte minutos,
pues a mitad de camino decidí que la noche era bella y que le haría bien a mi
espíritu y a mi sueño próximo una caminata más.
Ya llegando a mi barrio, de una sucia calle emergió el viejo
crepuscular. Naturalmente me asombré al verle; incluso fui presa de una mínima
sospecha de peligro, pero luego de observar su arrugado rostro y sus lentos
pasos supe que no había mucho que podría hacer contra mi robusta masa corporal.
Aminoré mi paso y lo dejé incorporarse a mi lado, luego de una reverencia con
la cabeza. Me preguntó levantando inocentemente sus cejas sobre la razón de ser
de mi presencia en aquél lugar, y luego de gesticular algo que no entendí
cuando se enteró de que vivía cerca de allí, me preguntó sobre los lugares a
los que había viajado con anterioridad. Le relaté de personas de arcilla y de ciudades encaramadas
en las nubes; de selvas asesinas, y de cumbres roncadoras. Luego, de golpe me
preguntó si todo aquello me había hecho feliz; si podía decir que mi vida fue
feliz con todas esas experiencias. Creo que sí, le respondí. Sonrió plácidamente y me solicitó que le
repitiera el delicioso pasaje que le había exprimido en la tarde. Entonces así hice:
-"Fui a los bosques porque quería vivir
deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si no
podía aprender lo que ella tenía que enseñar; no fuese que cuando llegara la
muerte, descubriese que no había vivido."-
-Repite el último enunciado, por favor- me solicitó.
-“No fuese que cuando llegara la muerte, descubriese
que no había vivido."-
Con su voz amarga lo reprodujo, y ahora la mirada que me había dirigido
en la tarde, que parecía preguntarme algo, se tornaba severa, como si estuviera
dispuesta a reprenderme por algo que se me había escapado de mis manos.
Entonces guardé silencio y le regresé una mirada inquisitiva. Él dijo:
-Es común que un andante sea de profesión escapista. Alguien que se
filtra por las hendiduras de la vida cada vez que las fieras salen de su cueva
a cazar. Has huido toda tu vida de las fieras, escapándote por las grietas que
encuentras en esta tierra, pero nunca tuviste
la suerte de dar con un charco en el cual vieras tus garras y tus
sables. Rehuiste de tus oficios y de todo amigo u amor que encontraste en tu camino, pensando que la
mejor manera de vivir era huir de la vida constantemente. El mundo nunca te bastó, habían muchos
cadáveres a tu alrededor; preferiste cargar su peste eterna a enterrarlos.
Olvidaste que Thoreau también predicó:
-“Por
menguada que sea tu vida, enfréntala y vívela; no la esquives, ni le apliques
rudos apelativos. Ella no es tan mala como tú. Parecerá más pobre cuanto más
rico seas tú. Aun en el paraíso hallará faltas el crítico. Ama tu vida por
pobre que sea. Puedes tener horas agradables, emocionantes y gloriosas hasta en
un asilo”
Me dio una palmadita en la espalda y se alejó por un callejón. Se había
ido, fugaz, mudo, como la vida que yo había dejado ir.
Wow brother, que bueno, me gusta el toquecito de realismo y de pesimismo que carga. Gracias por compartir
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