viernes, 14 de febrero de 2014




                                                Aforismos de quinientos pesos

Ayer me encontré con el loco de Ramón mientras caminaba por ahí, que es lo que hago habitualmente.  Estaba él recogiendo unos cartones para reciclarlos y ganarse unos cuantos pesos para su dosis matutina de bazuco. Ha cambiado mucho en estos últimos dos años, pues parece que finalmente perdió el último vestigio de humanidad que le quedaba, y sólo vive para fumar, o mejor, fuma para vivir. Me preguntó que cuales eran mis asuntos, a lo que le respondí que ahora  me dedicaba a vender poemas y frases; me dijo que  siempre sería el mismo idiota, que el verdadero negocio estaba en la recolección de cartones. Lo ignoré y decidí preguntarle por su familia; me dijo que desde que se inició en el bazuco se había vuelto  tan fuerte que no necesitaba ya de nadie. Hacía entonces dos años y medio no los veía, pensé. Me habló de otras cosas a las que no les presté atención, y tras cinco minutos lo abandoné, no sin antes haberlo invitado a comer pan con gaseosa, a lo cual respondió que prefería el dinero, que con el bazuco le bastaría para no comer por tres días. Qué bueno verte bien hermano, le dije despidiéndome con esa frase  - falsa de principio a fin-  y proseguí mi ruta.

Tras un buen tramo recorrido vi un espacio vacío en medio de una calle algo concurrida y de apariencia segura y decidí plantarme allí. Era la pared de un gris edificio de oficinas de unos cinco pisos que, dada la ruta del sol, ofrecería una sombra maternal hasta el anochecer. Abrí mi bolso y de mi carpeta de cuero negro extraje mi libro de poemas y aforismos. Acto seguido transcribí algunos en unos cuantos papelitos de colores llamativos y con cinta los adherí a la parca pared.  Luego encendí la pequeña radio que cargo siempre conmigo y sintonicé una emisora de música clásica, para darle un poco más de estatus a mi local literario. Los lunes son días muy lentos para mi negocio, y éste no fue la excepción. Algunos cuantos se detuvieron a leer mis textos, pero no compraron nada. A éstos son a los que más odio, porque son como ladrones. Vienen, se llevan el contenido de mis líneas en su cabeza, y no pagan un centavo por ello. Algunos, más descarados, me dicen que escribo cosas muy bonitas, como si eso me llenara la barriga.  Otra cosa que odio de algunos de estos canallas es que son ignaros y me otorgan la autoría de las frases y de los poemas. Es cierto que algunos son míos, pero la mayoría proceden de las grandes mentes de la historia: aquellos que han extraído la médula de la existencia y han convertido el caos en el más noble arte, o la impotencia animal en ciencias irreales;  yo sólo aspiro a ser el predicador de su sabiduría legendaria en esta ciudad sin alma ni memoria. Es por ello que no escribo mucho para otros; total, yo  soy sólo un extraviado, ¿qué podría saber?

Luego de algunas horas de aburrimiento  emprendí mi camino de nuevo. Aquí no se vende nada; nunca volveré a este hueco de mierda, dije.  Caía ya la tarde y no sabía si era prudente continuar o dar por terminada la jornada. Decidí resolver la situación de la única manera que conozco: caminando hacia ninguna parte. Porque caminando es como me volví poeta.  Caminando me fui de casa el día en el que papá quiso hacerme menos hombre con puños y patadas. Troté dos oníricos meses por misteriosas carreteras que conducían únicamente a la misma naturaleza, y así reafirmé mi fortaleza y hombría, al sobrevivir por mi cuenta en la mitad de la nada salvaje. Caminé cuando quise ser un académico y fracasé monumentalmente en esa empresa. Caminé aquella vez por todo el continente,  conociendo multitudes y parajes, para darme cuenta que, algunas cuantas veces, que no son muy pocas, hay más sabiduría en una selva virgen que en una universidad. Caminé cuando abandoné a mi mujer  y me entregué a la  sexualidad gitana, dando lo mejor de mí a todas, sin unirme a ninguna. He caminado mucho, pero aún no me he cansado. Porque caminar es lo único que sé hacer para mantenerme vivo. Tras haber recorrido avenidas, parques, barrios y caseríos, mis pies decidieron finalmente retornar al núcleo de la  ciudad y plantarme en el maldito hueco del que había salido anteriormente. De nuevo los papelitos de colores adornando la pared gris.

Miraba atento y lleno de nostalgia a las bandadas de aves que volaban hacia destino lejano; me llenó de tristeza recordar que llevo ya tres años en esta ciudad, completamente estacionario. Mientras meditaba sobre ello, un hombre canoso, que probablemente rondaba los sesenta años, se aproximó y empezó a leer mis notas. No le presté mucha atención, pues supuse que era otro palurdo más, atraído por lo llamativo de los colores de los papelitos, como los bichos de la noche son atraídos por las luces cegadoras.  Pasaron algunos minutos y el tipo seguía allí, parado sin pronunciar palabra alguna, lo cual sí que me llamó la atención. Me levanté de mi modorra y le pregunté si gustaba de alguna frase en especial, a lo cual no respondió, sino que extendió su brazo y tomó un fragmento de Thoureau, mi poeta favorito, y me lo enseñó. Éste decía:

"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar; no fuese que cuando llegara la muerte, descubriese que no había vivido."

Le dije que tenía un gusto excelente. Me miró con atención a mí, a mis ropas, y luego a mi tienda, que no era más que un trapo purpura de dos metros extendido en el suelo con algunas artesanías sobre él, y la radio, en la que sonaba una pieza de un tal Ravel, anunciado así por el locutor. Su música me causó singular interés y por eso me aprendí su nombre, algo que nunca hago debido a la enorme cantidad de compositores y a mi inexorable pereza. Era una pieza hermosa que repetía sin cesar una melodía, a la que se le añadían cada vez más instrumentos en cada ciclo. Diría que su belleza radicaba en el cuidado maternal que se le daba a dicha melodía, dejándola desarrollarse y cobrar fuerza. Se tomaba el tiempo necesario para construir algo enorme y majestuoso a partir de un inicio más bien tímido. Imágenes de la verde naturaleza abriéndose camino en el moribundo frío invernal de la estepa chilena llegaron a mi mente. Me preguntó por el valor del fragmento y le respondí que valía quinientos pesos; miró la frase como con tristeza, y luego me miró a mí de nuevo, con ojos perspicaces y completamente lúcidos. Me extendió la moneda y me solicitó le dijera qué experimentaba yo al leer este fragmento. Le dije que pensaba que se refería a cómo quedarse estático es la peor forma de morir, y cuán fácil es perderse en una  multitud; incluso más fácil  que perderse en un bosque lejano. Como noté que no me comprendía muy bien, porque si de algo peco constantemente es de no saberme expresar, le expliqué que era sobremanera fácil distraerse en compañía de otros de las cosas verdaderamente importantes, y que por eso algunos peregrinamos para buscar qué es lo verdaderamente esencial y no lo que se dice que es esencial aquí hoy, o ayer; no, sólo lo vital. En fin, era por eso que había decidido yo errar toda mi vida, para experimentar el mundo desde las perspectivas más variopintas y seguir los dictámenes de la madre tierra, nuestra verdadera reina. Así es, para mí, como se conoce qué es la vida, le expliqué. Tras mi intervención, su único gesto fue una sonrisa; pero no una burlesca, sino una llena de simpatía y comprensión. Me dijo que eran palabras muy bellas, pero que me cuidara, que no todo lo bello era real. Guardé silencio. Luego, con su voz pausada y grave leyó el fragmento, haciendo énfasis en la última parte de éste. Luego me miró, y sentí que me preguntaba algo con sus ojos, y sin más se volteó y prosiguió su camino.

Era ya de noche y sabía que no vendería nada más. Recogí mi mercancía y caminé hacia el restaurante de doña Pepita, quien me da comida a precios realmente módicos. ¡Cuán amable es doña Pepita! Es la mujer más bondadosa y maternal que he conocido en todo el vasto continente. Cuando llegué por primera vez la vi sentada en una butaca rodeada por tres personas, que pese a ser adultas, le brindaban la atención de un infante a su padre o madre cuando éste o ésta les narra una epopeya antigua o una leyenda fantasmagórica. Ella sólo explicaba a sus nuevos cocineros cómo evitar que se quemara el arroz de nuevo, pero lo hacía con tanto esmero y empatía que ellos parecían sentir sus palabras como halagos. Otras veces la he visto asumir el rol de matrona,  dirigiendo a extraños y a propios con tanta sutileza y amabilidad que logra movilizar incluso a los más apáticos adoquines a hacer tareas que claramente exceden sus capacidades. Nunca, en estos tres largos años, la he visto molesta, cabe decirlo. El menú era sopa y arroz con pollo. Como en esta ocasión, en otras he pensado que doña Pepita es tan buena persona simplemente porque quiere compensar de alguna forma su poca aptitud culinaria. Hoy no tardé mucho en el restaurante, así que luego de abrazar a doña Pepita agradeciéndole por “tan suculento platillo” me lancé a la calle de nuevo. Allí, abordé un colectivo que me transportó por tan sólo veinte minutos, pues a mitad de camino decidí que la noche era bella y que le haría bien a mi espíritu y a mi sueño próximo una caminata más.

Ya llegando a mi barrio, de una sucia calle emergió el viejo crepuscular. Naturalmente me asombré al verle; incluso fui presa de una mínima sospecha de peligro, pero luego de observar su arrugado rostro y sus lentos pasos supe que no había mucho que podría hacer contra mi robusta masa corporal. Aminoré mi paso y lo dejé incorporarse a mi lado, luego de una reverencia con la cabeza. Me preguntó levantando inocentemente sus cejas sobre la razón de ser de mi presencia en aquél lugar, y luego de gesticular algo que no entendí cuando se enteró de que vivía cerca de allí, me preguntó sobre los lugares a los que había viajado con anterioridad. Le relaté de  personas de arcilla y de ciudades encaramadas en las nubes; de selvas asesinas, y de cumbres roncadoras. Luego, de golpe me preguntó si todo aquello me había hecho feliz; si podía decir que mi vida fue feliz con todas esas experiencias. Creo que sí, le respondí.  Sonrió plácidamente y me solicitó que le repitiera el delicioso pasaje que le había exprimido en la tarde. Entonces  así hice:

-"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar; no fuese que cuando llegara la muerte, descubriese que no había vivido."-

-Repite el último enunciado, por favor- me solicitó.

-“No fuese que cuando llegara la muerte, descubriese que no había vivido."-

Con su voz amarga lo reprodujo, y ahora la mirada que me había dirigido en la tarde, que parecía preguntarme algo, se tornaba severa, como si estuviera dispuesta a reprenderme por algo que se me había escapado de mis manos. Entonces guardé silencio y le regresé una mirada inquisitiva. Él dijo:

-Es común que un andante sea de profesión escapista. Alguien que se filtra por las hendiduras de la vida cada vez que las fieras salen de su cueva a cazar. Has huido toda tu vida de las fieras, escapándote por las grietas que encuentras en esta tierra, pero nunca tuviste  la suerte de dar con un charco en el cual vieras tus garras y tus sables. Rehuiste de tus oficios y de todo amigo u amor  que encontraste en tu camino, pensando que la mejor manera de vivir era huir de la vida constantemente.  El mundo nunca te bastó, habían muchos cadáveres a tu alrededor; preferiste cargar su peste eterna a enterrarlos. Olvidaste que Thoreau también predicó:

-“Por menguada que sea tu vida, enfréntala y vívela; no la esquives, ni le apliques rudos apelativos. Ella no es tan mala como tú. Parecerá más pobre cuanto más rico seas tú. Aun en el paraíso hallará faltas el crítico. Ama tu vida por pobre que sea. Puedes tener horas agradables, emocionantes y gloriosas hasta en un asilo”

Me dio una palmadita en la espalda y se alejó por un callejón. Se había ido, fugaz, mudo, como la vida que yo había dejado ir.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Soledad



                                          Emigrando hacia la Soledad


Por  la colina de San Antonio caminaba cada sábado, a eso de las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, una mujer de cabello negro y cintura redonda. Tenía aproximadamente unos cuarenta y cuatro años, los cuales se reflejaban ya en las manchas que transfiguraban la piel mestiza de sus brazos, y en las patas de gallo que no se borraban más cuando la vida la obligaba a poner el rostro serio. Aquella mujer vagaba lentamente, tratando de marcar un paso acorde al del  pálido viejecillo que se colgaba bruscamente de su brazo, mientras éste clavaba su mirada en las escandalosas vestimentas de las nuevas y bastardas juventudes, a las cuales envidiaba silenciosamente.  El hombre era un carcamal octogenario de un metro con sesenta y seis  -un poco bajo para haber sido un sargento, pensaba la mujer-.  Tenía unos pocos cabellos color ceniza, los cuales peinaba casi vulgarmente de manera que cubrieran su gran calva, y que se sacudían intermitentemente al ser empujados por el viento que bajaba con potencia desde las grandes montañas occidentales, y el  vestuario que abrigaba su demacrado cuerpecito era cada sábado, religiosamente, una papayera beige, un pantalón color caqui, y unos zapatos deportivos azules que no combinaban para nada con el ya desatinado atuendo. Total, como a casi todo viejo, a éste ya no le preocupaba un carajo su apariencia. Para ellos a esa edad las miradas coquetas  y las sonrisas insinuantes se han acabado para siempre. 

Inés era una inmigrante tardía. Nunca había salido  -tampoco había considerado hacerlo en algún momento anterior de su vida- de su ciudad natal.  Había llevado una vida cómoda,  hasta el día en que su esposo desapareció.  Nunca se supo si fue secuestrado, pues muchos aseguraron que desapareció sin más, pero Inés tuvo la certeza de que fueron ellos, los bastardos de ultraizquierda que tanto había amonestado su esposo, los que lo habían erradicado por enseñar con orgullo patrio su uniforme. La soledad no se hizo esperar, e Inés tuvo que repensar su estadía en Tulcán, porque en cada espacio, en cada calle, veía a su marido. Al Sur, hacia los bastardos, cabe decir, no quería ir. Como no tuvo hijos y sus padres habían muerto a temprana edad, se vio encaramada en un transnacional en total solitud. Se llevó consigo muy poco dinero, pues su esposo nunca fue partidario de confiar el patrimonio a los bancos y escondía por ello el dinero en un lugar  secreto del cual ella nunca siquiera sospechó.  Al llegar a Cali, la primera gran urbe del  Norte, previno comodidad  y trabajo en su frescura crepuscular y decidió radicarse allí. Quizás su percepción hubiese sido otra si hubiera llegado al sol de mediodía. 

En la búsqueda de un apartamento para arrendar dio con el Coronel. Un hombre ya muy poco lúcido pero muy noble. No hubo mucho qué decir entre ambos, pues su armonía fue tal que a los diez minutos de Inés entrar al despacho polvoriento del anciano ya tenía la pluma de su difunto esposo sobre el papel de contrato de arriendo. Al parecer el Coronel sintió la necesidad de proteger a Inés, al verla abandonada a su suerte en lejanías y castigada por la vida;  o quizás vio en ella la hija perdida, de la cual Inés supo por su boca algún tiempo después. Igualmente Inés sintió amor paternal  hacia el vejete al ver el chaleco lleno de medallitas que ya no brillaban sobre el perchero mientras era entrevistada. Quizás sólo se puede amar a quienes nos reflejan algo nuestro. Quizás sólo nos amamos a nosotros mismos, dubitaba en su mente Inés constantemente.

Al llegar al parque en el que culminaba la caminata semanal, Inés y el Coronel se sentaron en una banca que ofrecía una panorámica perfecta sobre el  cuerpo de la ciudad. – Un buen punto estratégico para un cuartel, por si llega a haber una guerra- le dijo el viejito a Inés, quien le respondió pragmáticamente con una carcajada. A lo lejos se veía la caótica ciudad, como inundada por un río de luces que recorrían los canales de pavimento. Cuando ambos agotaron los tópicos que habían acumulado durante la semana para discutir, concentraron sus miradas en una familia que yacía sentada sobre una manta rosa con un opíparo picnic. Inés bajó sus labios y sus pestañas se movieron más rápido de lo usual; el anciano se sintió incómodo y se tuvo que reacomodar en su puesto, para luego mirar a las estrellas buscando algo más esperanzador. Luego se entregaron a la contemplación de la vida por un buen rato.

 El Coronel miraba distraído a los niños que jugaban en los alrededores, e  Inés, sentada y con sus manos cruzadas, como orando, recostó su cabeza hacia atrás, y en una ráfaga de tiempo perdió el conocimiento. Durmió de nuevo en Tulcán, junto a su amado, por quince minutos que pudieron haber sido más de no ser por la mujer que la despertó para ofrecerle chicles, cigarrillos, gomitas, y otras idioteces innecesarias. Estaba tan dormida que no vio el rostro de ésta. Lo que sí vio fue el espacio vacío que le informaba de la ausencia del octogenario. -El Alzheimer del vejete- Dijo con voz turbia Inés. Con rapidez se irguió de la silla y giró su cabeza en aras de encontrar en medio de la muchedumbre a un viejo escuálido y desorientado. Nada. No se divisaba  en ninguna parte al coronel. Inés tuvo un súbito relámpago emocional que comprimió sus costillas. Se sentó de nuevo en la banca: se sentía mareada, desorientada, sola. Luego se encontró corriendo de un lugar a otro, preguntándole a algún hippie o a alguna pareja de novios sobre el avistamiento de un anciano decrépito, pero en vez de ayudarle, todos parecían deshacerse de ella con temor y fastidio. Inés caminó por horas circundando  el parque, incluso se trepó a un árbol con la esperanza de ver mejor, pero no lo lograba; nunca había podido ver más de lo que le permitían sus obtusos ojos. Fatigada y ofuscada por el paradero de su compañero, se sentó en un pequeño mural de piedras grises que rodeaba el parque y que daba contra el ventanal de una casa. Allí se vio reflejada, con lágrimas humedeciéndole el cabello que le rozaba sus mejillas; sus manos temblorosas, tatuadas con venas rugosas; los labios descoloridos por la falta de amor, y todo su cuerpo estremecido por la realización de la soledad total. Inés se vio allí,  y en un momento espectacular y único su cerebro trabajó de tal manera que le permitió visualizar la inexistencia del anciano, y la verdad irrevocable  de su enfermedad. El Alzheimer nunca la había abandonado. Sonrió y escuchó a un grupo de jóvenes pasar a su lado y murmurar:
-¡Pobre! Está loca la viejita-

Miró de nuevo al ventanal y vio al Coronel a su lado. Después de regañarlo por sus jugarretas infantiles lo tomó del brazo y, olvidándolo todo, se fue con él a casa.


miércoles, 13 de marzo de 2013

"The devil will find work for idle hands to Do"



¿Y quién te dijo que podías Entrar? o Un mal día

La mediocridad de mis letras;
La pobreza de mis metas;
La flaqueza de mis logros.

A veces me pregunto cómo he existido por tanto tiempo.
¿Cómo lo he logrado?
El cielo, la tierra, mis padres:
Podría culparlos a todos;
Pero fui  yo quien dejó desvanecer los años en mis manos.
Los caminos sin objetivo fueron míos,
 Quien miró a las cumbres nevadas,
Sin percatarse del océano en el que flotaba.

Quiero hundirme en la eterna profundidad de la incoherencia de la vida;
Quiero desvanecerme en la gran ficción de la voz de la humanidad;
Quiero dejar de esperar por cosechas en este espíritu estéril.



Nadaísta de cuarenta años


Te fuiste, se fueron.
Aquellos, a quienes han convocado
 Las alegres melodías, oídos que desconocieron
De bailes, festines y riquezas en mi honor.

¡Baila, Dionisio!, ¡celebra!
Pues la vida es bella, si el alma tiene bocado
Alégrales los días, a ellos que quisieron
Elevarse sobre este dolor.

Lejos, extraviado
Los golpes tumban a quien al recibirlos no está bien parado
Corrientes frías, sonrisas que no fueron
Sirven de compañía al derrotado sopor.
 

Esperanzas

En vuestro jardín he sembrado un roble
No con la particular intención de ostentar la mayor sombra
Ni con el deseo de poseer sus acaramelados aromas
Mucho menos para ver desde lo alto los colores de la ladera

Lo he sembrado porque es noble
Se levantará sobre sí mismo y será su propia gran obra
Su ambición será acariciar el sol con su copa, dar hogar a algunas palomas
Y en las tardes frescas el viento amainará su vértigo contra sus perennes brazos de madera

Es una pena que por lento al roble se le nombre torpe
Y su utilidad se cuestione por el tamaño que ocupa en vuestro jardín
Lamento su soledad enmarañada entre las primeras brisas de la mañana
Y  las raudas tempestades que desnudan sus ramas adolescentes.