jueves, 12 de septiembre de 2013

Soledad



                                          Emigrando hacia la Soledad


Por  la colina de San Antonio caminaba cada sábado, a eso de las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, una mujer de cabello negro y cintura redonda. Tenía aproximadamente unos cuarenta y cuatro años, los cuales se reflejaban ya en las manchas que transfiguraban la piel mestiza de sus brazos, y en las patas de gallo que no se borraban más cuando la vida la obligaba a poner el rostro serio. Aquella mujer vagaba lentamente, tratando de marcar un paso acorde al del  pálido viejecillo que se colgaba bruscamente de su brazo, mientras éste clavaba su mirada en las escandalosas vestimentas de las nuevas y bastardas juventudes, a las cuales envidiaba silenciosamente.  El hombre era un carcamal octogenario de un metro con sesenta y seis  -un poco bajo para haber sido un sargento, pensaba la mujer-.  Tenía unos pocos cabellos color ceniza, los cuales peinaba casi vulgarmente de manera que cubrieran su gran calva, y que se sacudían intermitentemente al ser empujados por el viento que bajaba con potencia desde las grandes montañas occidentales, y el  vestuario que abrigaba su demacrado cuerpecito era cada sábado, religiosamente, una papayera beige, un pantalón color caqui, y unos zapatos deportivos azules que no combinaban para nada con el ya desatinado atuendo. Total, como a casi todo viejo, a éste ya no le preocupaba un carajo su apariencia. Para ellos a esa edad las miradas coquetas  y las sonrisas insinuantes se han acabado para siempre. 

Inés era una inmigrante tardía. Nunca había salido  -tampoco había considerado hacerlo en algún momento anterior de su vida- de su ciudad natal.  Había llevado una vida cómoda,  hasta el día en que su esposo desapareció.  Nunca se supo si fue secuestrado, pues muchos aseguraron que desapareció sin más, pero Inés tuvo la certeza de que fueron ellos, los bastardos de ultraizquierda que tanto había amonestado su esposo, los que lo habían erradicado por enseñar con orgullo patrio su uniforme. La soledad no se hizo esperar, e Inés tuvo que repensar su estadía en Tulcán, porque en cada espacio, en cada calle, veía a su marido. Al Sur, hacia los bastardos, cabe decir, no quería ir. Como no tuvo hijos y sus padres habían muerto a temprana edad, se vio encaramada en un transnacional en total solitud. Se llevó consigo muy poco dinero, pues su esposo nunca fue partidario de confiar el patrimonio a los bancos y escondía por ello el dinero en un lugar  secreto del cual ella nunca siquiera sospechó.  Al llegar a Cali, la primera gran urbe del  Norte, previno comodidad  y trabajo en su frescura crepuscular y decidió radicarse allí. Quizás su percepción hubiese sido otra si hubiera llegado al sol de mediodía. 

En la búsqueda de un apartamento para arrendar dio con el Coronel. Un hombre ya muy poco lúcido pero muy noble. No hubo mucho qué decir entre ambos, pues su armonía fue tal que a los diez minutos de Inés entrar al despacho polvoriento del anciano ya tenía la pluma de su difunto esposo sobre el papel de contrato de arriendo. Al parecer el Coronel sintió la necesidad de proteger a Inés, al verla abandonada a su suerte en lejanías y castigada por la vida;  o quizás vio en ella la hija perdida, de la cual Inés supo por su boca algún tiempo después. Igualmente Inés sintió amor paternal  hacia el vejete al ver el chaleco lleno de medallitas que ya no brillaban sobre el perchero mientras era entrevistada. Quizás sólo se puede amar a quienes nos reflejan algo nuestro. Quizás sólo nos amamos a nosotros mismos, dubitaba en su mente Inés constantemente.

Al llegar al parque en el que culminaba la caminata semanal, Inés y el Coronel se sentaron en una banca que ofrecía una panorámica perfecta sobre el  cuerpo de la ciudad. – Un buen punto estratégico para un cuartel, por si llega a haber una guerra- le dijo el viejito a Inés, quien le respondió pragmáticamente con una carcajada. A lo lejos se veía la caótica ciudad, como inundada por un río de luces que recorrían los canales de pavimento. Cuando ambos agotaron los tópicos que habían acumulado durante la semana para discutir, concentraron sus miradas en una familia que yacía sentada sobre una manta rosa con un opíparo picnic. Inés bajó sus labios y sus pestañas se movieron más rápido de lo usual; el anciano se sintió incómodo y se tuvo que reacomodar en su puesto, para luego mirar a las estrellas buscando algo más esperanzador. Luego se entregaron a la contemplación de la vida por un buen rato.

 El Coronel miraba distraído a los niños que jugaban en los alrededores, e  Inés, sentada y con sus manos cruzadas, como orando, recostó su cabeza hacia atrás, y en una ráfaga de tiempo perdió el conocimiento. Durmió de nuevo en Tulcán, junto a su amado, por quince minutos que pudieron haber sido más de no ser por la mujer que la despertó para ofrecerle chicles, cigarrillos, gomitas, y otras idioteces innecesarias. Estaba tan dormida que no vio el rostro de ésta. Lo que sí vio fue el espacio vacío que le informaba de la ausencia del octogenario. -El Alzheimer del vejete- Dijo con voz turbia Inés. Con rapidez se irguió de la silla y giró su cabeza en aras de encontrar en medio de la muchedumbre a un viejo escuálido y desorientado. Nada. No se divisaba  en ninguna parte al coronel. Inés tuvo un súbito relámpago emocional que comprimió sus costillas. Se sentó de nuevo en la banca: se sentía mareada, desorientada, sola. Luego se encontró corriendo de un lugar a otro, preguntándole a algún hippie o a alguna pareja de novios sobre el avistamiento de un anciano decrépito, pero en vez de ayudarle, todos parecían deshacerse de ella con temor y fastidio. Inés caminó por horas circundando  el parque, incluso se trepó a un árbol con la esperanza de ver mejor, pero no lo lograba; nunca había podido ver más de lo que le permitían sus obtusos ojos. Fatigada y ofuscada por el paradero de su compañero, se sentó en un pequeño mural de piedras grises que rodeaba el parque y que daba contra el ventanal de una casa. Allí se vio reflejada, con lágrimas humedeciéndole el cabello que le rozaba sus mejillas; sus manos temblorosas, tatuadas con venas rugosas; los labios descoloridos por la falta de amor, y todo su cuerpo estremecido por la realización de la soledad total. Inés se vio allí,  y en un momento espectacular y único su cerebro trabajó de tal manera que le permitió visualizar la inexistencia del anciano, y la verdad irrevocable  de su enfermedad. El Alzheimer nunca la había abandonado. Sonrió y escuchó a un grupo de jóvenes pasar a su lado y murmurar:
-¡Pobre! Está loca la viejita-

Miró de nuevo al ventanal y vio al Coronel a su lado. Después de regañarlo por sus jugarretas infantiles lo tomó del brazo y, olvidándolo todo, se fue con él a casa.


miércoles, 13 de marzo de 2013

"The devil will find work for idle hands to Do"



¿Y quién te dijo que podías Entrar? o Un mal día

La mediocridad de mis letras;
La pobreza de mis metas;
La flaqueza de mis logros.

A veces me pregunto cómo he existido por tanto tiempo.
¿Cómo lo he logrado?
El cielo, la tierra, mis padres:
Podría culparlos a todos;
Pero fui  yo quien dejó desvanecer los años en mis manos.
Los caminos sin objetivo fueron míos,
 Quien miró a las cumbres nevadas,
Sin percatarse del océano en el que flotaba.

Quiero hundirme en la eterna profundidad de la incoherencia de la vida;
Quiero desvanecerme en la gran ficción de la voz de la humanidad;
Quiero dejar de esperar por cosechas en este espíritu estéril.



Nadaísta de cuarenta años


Te fuiste, se fueron.
Aquellos, a quienes han convocado
 Las alegres melodías, oídos que desconocieron
De bailes, festines y riquezas en mi honor.

¡Baila, Dionisio!, ¡celebra!
Pues la vida es bella, si el alma tiene bocado
Alégrales los días, a ellos que quisieron
Elevarse sobre este dolor.

Lejos, extraviado
Los golpes tumban a quien al recibirlos no está bien parado
Corrientes frías, sonrisas que no fueron
Sirven de compañía al derrotado sopor.
 

Esperanzas

En vuestro jardín he sembrado un roble
No con la particular intención de ostentar la mayor sombra
Ni con el deseo de poseer sus acaramelados aromas
Mucho menos para ver desde lo alto los colores de la ladera

Lo he sembrado porque es noble
Se levantará sobre sí mismo y será su propia gran obra
Su ambición será acariciar el sol con su copa, dar hogar a algunas palomas
Y en las tardes frescas el viento amainará su vértigo contra sus perennes brazos de madera

Es una pena que por lento al roble se le nombre torpe
Y su utilidad se cuestione por el tamaño que ocupa en vuestro jardín
Lamento su soledad enmarañada entre las primeras brisas de la mañana
Y  las raudas tempestades que desnudan sus ramas adolescentes.