¿Y quién te dijo
que podías Entrar? o Un mal día
La mediocridad de mis letras;
La pobreza de mis metas;
La flaqueza de mis logros.
A veces me pregunto cómo he existido por tanto tiempo.
¿Cómo lo he logrado?
El cielo, la tierra, mis padres:
Podría culparlos a todos;
Pero fui yo quien
dejó desvanecer los años en mis manos.
Los caminos sin objetivo fueron míos,
Quien miró a las
cumbres nevadas,
Sin percatarse del océano en el que flotaba.
Quiero hundirme en la eterna profundidad de la
incoherencia de la vida;
Quiero desvanecerme en la gran ficción de la voz de la
humanidad;
Quiero dejar de esperar por cosechas en este espíritu
estéril.
Nadaísta de cuarenta años
Te fuiste, se fueron.
Aquellos, a quienes han convocado
Las alegres
melodías, oídos que desconocieron
De bailes, festines y riquezas en mi honor.
¡Baila, Dionisio!, ¡celebra!
Pues la vida es bella, si el alma tiene bocado
Alégrales los días, a ellos que quisieron
Elevarse sobre este dolor.
Lejos, extraviado
Los golpes tumban a quien al recibirlos no está bien
parado
Corrientes frías, sonrisas que no fueron
Sirven de compañía al derrotado sopor.
Esperanzas
En vuestro jardín he sembrado un roble
No con la particular intención de ostentar la mayor
sombra
Ni con el deseo de poseer sus acaramelados aromas
Mucho menos para ver desde lo alto los colores de la
ladera
Lo he sembrado porque es noble
Se levantará sobre sí mismo y será su propia gran obra
Su ambición será acariciar el sol con su copa, dar hogar
a algunas palomas
Y en las tardes frescas el viento amainará su vértigo
contra sus perennes brazos de madera
Es una pena que por lento al roble se le nombre torpe
Y su utilidad se cuestione por el tamaño que ocupa en
vuestro jardín
Lamento su soledad enmarañada entre las primeras brisas
de la mañana
Y las raudas
tempestades que desnudan sus ramas adolescentes.